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Secreto
Profesional: Responsabilidad en la Atención Odontológica
relacionada al HIV.
Dra. Patricia Agranatti
El objetivo de la odontología moderna está rodeado
por una cantidad de cuestiones éticas y sociales, que han
inundado la profesión y han afectado la práctica
diaria. Además, los grandes cambios que afectan a la medicina
tienen una profunda influencia en la odontología y han
alertado a los dentistas sobre posibles modificaciones en esa
línea.
Entre las cuestiones éticas y sociales contemporáneas
a que se enfrenta la odontología están las relacionadas
a la salud de los profesionales, los procedimientos de alto riesgo,
el consentimiento informado para tratamientos odontológicos
y de salud oral, la revisión por parte de los colegas y
la calidad de los servicios, la mala praxis odontológica,
los gastos por atención odontológica general, el
secreto profesional.
El secreto
médico está estrictamente regulado por las leyes
penales, las leyes civiles, y la deontología médica.
Sin embargo, existen excepciones permitidas y una amplio rango
de complicaciones que provocan incertidumbre.
Lamentablemente el profesional de la salud se ha acostumbrado
a vivir en la contradicción de tener que defender el secreto
profesional y a la vez estar obligado a violarlo con cierta frecuencia.
Claramente,
la confidencialidad en el ejercicio de la profesión tiene
como fin principal proteger y defender los bienes morales y materiales.
Por lo tanto, el Estado debería encontrar el modo de que
los individuos encuentren soluciones al tiempo que preservan este
secreto. Sin embargo, en algunos casos es necesario que prevalezcan
los intereses de la comunidad sobre los intereses individuales,
a pesar de que no siempre resulta fácil determinar cuáles
son dichos casos.
Ningún
otro aspecto en el campo de la salud ha generado tanto debate
ético en la relación entre el individuo y la sociedad
como el HIV. En este debate, generalmente se apela a principios
como la autonomía y la confidencialidad para proteger a
los individuos HIV positivos o que tienen SIDA de la invasión
a la privacidad bajo el pretexto de que la sociedad necesita estar
informada. En los primeros años era primordial la protección
del individuo. Aún ahora la divulgación de la condición
de portador de HIV implica un riesgo. Sin embargo, a medida que
aumenta el número de personas infectadas, que éstas
tienen una sobrevida más larga y que se mueven dentro del
campo de la atención sanitaria como pacientes o como profesionales,
los términos del debate deben ser redefinidos.
Al poner
el énfasis ético en favor de la ética individual,
surge una situación de conflicto. Por ejemplo, los pacientes
temen ir al dentista, los cirujanos y los pacientes se temen mutuamente.
Tanto los pacientes como los trabajadores de la salud, sobre la
base de los mismos principios éticos, reclaman el derecho
a tener información acerca de la condición respecto
al HIV del otro y se resisten a divulgar la propia. Lo que una
vez fue un debate tendiente a proteger al individuo de los prejuicios
de la sociedad es ahora un debate entre individuos que se temen
mutuamente. El resultado es una desconfianza entre pacientes y
trabajadores de la salud, y una casi total ausencia de debate
acerca de las obligaciones de las instituciones o la sociedad.
En este
artículo sostengo que la presencia del HIV en la sociedad
exige un cambio en el enfoque actual en el debate ético
sobre la enfermedad y el cuidado de la salud, a fin de que el
interés no sea la protección de los intereses del
individuo sino que se identifiquen y se protejan los intereses
comunes. Por lo tanto se deberían debatir los derechos
individuales y las necesidades sociales en el contexto de la responsabilidad.
Los principios de autonomía y confidencialidad son importantes
dentro del debate, pero ya no definen el debate. Podemos reconstruir
la confianza perdida entre pacientes y trabajadores de la salud
si vemos a este problema como un conflicto de intereses. Eliminando
el conflicto entre individuos, podremos realizar un análisis
más exhaustivo del rol, tantas veces relegado, que deben
desempeñar las instituciones de la salud para prestar un
buen servicio en la era del SIDA.
Responsabilidad
Cuando
se habla de responsabilidad, se tienen en cuenta tres elementos:
reconocer la realidad de los riesgos en la atención médica;
aceptar la responsabilidad de cada uno en la minimización
de esos riesgos y reconocer que la mayor parte de esa responsabilidad
recae en la persona, institución o sociedad que, en la
secuencia de un hecho particular, es la última capaz de
hacerlo.
La
Realidad del Riesgo
Whalen
llama a este reconocimiento "profesionalismo", y explica
que es la capacidad y voluntad de los trabajadores de la salud
de "someterse a los riesgos desconocidos concomitantes con
la profesión médica". La literatura sobre este
tema es muy reveladora.
Brevemente,
Blumenfield et al, informan que el 50% de los enfermeros consultados
creen que la infección de HIV es posible a pesar de las
precauciones, el 51% está más preocupado por el
temor a infectarse mientras atiende a un paciente con HIV que
con un paciente con hepatitis infecciosa, el 48% cree que la infección
del HIV es posible durante la manipulación de muestras,
a pesar de las precauciones. Una encuesta realizada entre médicos
de cuidados primarios reveló que el 50% no trataría
personas con HIV positivo si tuviera posibilidad de elección,
y aproximadamente un tercio estuvo de acuerdo en que no era su
responsabilidad tratar a pacientes con SIDA. La Comisión
Nacional sobre SIDA de 1990 informó que el porcentaje de
dentistas que deseaban tratar a pacientes HIV positivos creció
del 21% en 1986 a apenas el 31% en 1988. Hartley informó
que más de la mitad de estos dentistas que atenderán
a pacientes infectados consideran que es adecuado cobrar un arancel
adicional en estos casos.
Leyendo
estas estadísticas uno esperaría un alto nivel de
cumplimiento con las precauciones universales. Sin embargo, esto
no ocurre. Koska informó que es difícil obligar
al cumplimiento de las precauciones. Baraff y Talan concluyeron,
sobre la base de un estudio realizado en UCLA Medical Center que
"actualmente existe un bajo nivel de cumplimiento con las
políticas de precauciones universales". Una vez desarrollado
e implementado un programa para tal fin, informaron que la educación
intensiva puede ofrecer solamente un pequeño aumento en
el cumplimiento a corto plazo, y ningún efecto sobre la
información general sobre el riesgo a largo plazo. Hammon
et al. concluyeron en su estudio que, aún en las prácticas
invasivas, existe menos del 40% de cumplimiento. Las razones que
explican este incumplimiento incluyen ignorancia u olvido de las
pautas, o falta de tiempo para implementar las mismas. Resultados
similares se han obtenido entre dentistas, entre los cuales la
adhesión a las prácticas de control de la infección
recomendadas es infrecuente.
Uno
podría preguntarse por qué, si es que existe una
preocupación seria ante la posibilidad de contagio, se
toman tan pocas precauciones, aún después de haber
recibido información al respecto. En parte la respuesta
se debe a la disponibilidad de recursos, y este tema debe ser
explorado. Sin embargo, los recursos no son la única explicación.
La respuesta tal vez pueda encontrarse en el fenónemo de
negación adaptativa.
Por
negación adaptativa se entiende el mecanismo de defensa
común, y generalmente sano, que utiliza una persona para
crear distancia de un peligro inminente o perceptible para poder
seguir actuando. De ese modo se crea una defensa que ayuda a tomar
distancia del peligro. Esta conducta, generalmente asociada a
pacientes que utilizan esta negación para soportar una
enfermedad grave, también se encuentra entre los profesionales
de la salud, quienes, debido al permanente contacto con enfermedades
y muerte, utilizan cierto grado de negación adaptativa
para mantener su objetividad y efectividad.
Los
riesgos asociados con la infección del HIV no se pueden
negar tan fácilmente. Contrariamente a lo que sucede con
otras infecciones, el riesgo de contagio del HIV desafía
las estrategias tradicionales de tolerancia tanto en pacientes
como en los profesionales de la salud. Esto es así aún
cuando existe información que confirma que el riesgo es
menor o igual a cualquier otro riesgo posible en esa situación.
Las explicaciones en este caso varían y ya han sido analizadas
en la literatura. También podría ser que la negación,
como mecanismo para tolerar riesgos en el ámbito de la
salud, se ha convertido en un hábito tendiente a exigir
riesgo cero. Si se insiste en que el cuidado de la salud debería
estar libre de riesgos, no habría incentivos para tomar
precauciones a fin de minimizar riesgos, que son fácilmente
prevenibles, ni para aceptar riesgos atemorizantes, aunque sean
remotos.
Como
el cuidado de la salud es percibido como libre de riesgos, ni
el paciente ni el profesional consideran que deben exponerse a
riesgos, aunque sean mínimos. La noción de responsabilidad
desafía esta actitud, insistiendo en que debe aceptarse
el hecho de que en el campo de la atención médica
existen riesgos reales y a veces peligrosos.
Reconocimiento
y Aceptación de Nuestras Propias Responsabilidades
Además
de admitir que existen riesgos, ser responsable significa aceptar
cuál es la cuota de responsabilidad de cada uno a la hora
de minimizar riesgos. Esto significa, por supuesto, conocer dónde
residen los riesgos de exposición e infección y
cómo minimizarlos. Por ejemplo, si sabemos que el 80% de
todos los casos de exposición peligrosa a sangre infectada
es mediante agujas, y que un tercio de estos casos se produce
al volver a tapar las agujas, el relativamente bajo riesgo de
infección puede reducirse no tapando las agujas. La prevención
en esta instancia corresponde más al trabajador de la salud
que al paciente, quien no está en condiciones de practicar
precauciones universales y cuya condición de HIV positivo
podría provocar discriminación si tomara estado
público.
Sin
embargo, a menos que las políticas institucionales fomenten
y faciliten las precauciones universales, será muy poco
lo que puedan hacer los empleados. Por ejemplo, el 50% de los
contagios por agujas incorrectamente descartadas corresponde a
personal de mantenimiento. Si no existen políticas que
protejan a estos trabajadores será imposible reducir el
riesgo de exposición o infección en el ámbito
médico. Llegamos a la conclusión de que gran parte
de la responsabilidad de minimizar riesgos o prevenir exposiciones
está dentro de la industria de la salud en su conjunto.
El riesgo puede minimizarse a este nivel definiendo con más
precisión cuáles son las fuentes de riesgo, mejorando
los equipamientos, los procedimientos y brindando información
en cada caso.
La industria
en su totalidad debe aceptar este rol y no dejarlo librado al
criterio individual de los trabajadores de la salud o de los pacientes.
Las obligaciones de una institución y de la industria,
generalmente relegadas en debates éticos sobre autonomía
y confidencialidad, son de vital importancia en el contexto de
la responsabilidad. Los lineamientos establecidos por OSHA hablan
de la responsabilidad institucional para promover un medio libre
de peligros, brindar educación y capacitación, evaluar
los procedimientos en caso de muestras infectadas, identificar
los trabajadores en riesgo, brindar rotulamiento adecuado, implementar
precauciones universales, y obtener recursos para protección.
Las instituciones también pueden tomar otras medidas para
reducir el riesgo. Por ejemplo, los riesgos de exposición
e infección en cirugía pueden reducirse permitiendo
una mayor permanencia en los quirófanos de modo tal que
puedan tomarse todas las medidas precautorias. Si se aumenta el
cuerpo de enfermería, que ostenta el 60-75% de los casos
de infecciones debido a objetos cortantes, se reducirá
el riesgo de exposición de cada uno de ellos a pacientes
infectados. Esto es cierto principalmente en ámbitos que
atienden una gran población de enfermos HIV positivos.
Las políticas de organización de horarios también
pueden reducir el riesgo. Un informe indicó que la presión
de tiempo es la razón por la cual solamente se vuelve a
tapar una aguja de cada tres, a pesar de las recomendaciones en
este sentido.
El riesgo
también puede minimizarse mediante el reconocimiento institucional
de que, si bien el riesgo de infección es bajo, la exposición
provoca crisis emocionales a los individuos involucrados. En una
carta enviada al Journal of the American Medical Association se
indicaba que, de los trabajadores de la salud que experimentan
un grado elevado de exposición, el 55% informó que
sufría de stress agudo y el 35% informó que sufría
en forma constante un grado moderado de stress. Un 25% informó
que esta exposición tenía un efecto importante en
sus relaciones sexuales y el 30% sentía la necesidad de
abandonar ese trabajo. No existen dudas de que las instituciones
tienen la responsabilidad de reconocer y aceptar su parte en la
minimización de riesgos entrenando, facultando, aconsejando
y brindando apoyo terapéutico a sus empleados.
La
Doctrina de la Última Chance
Finalmente,
la responsabilidad significa que el peso mayor recae sobre aquel
que tiene la última chance real de minimizar el riesgo
o prevenir el daño en una instancia en particular. Aún
cuando todo ha sido dicho y hecho para reconocer y minimizar el
riesgo, los accidentes ocurren. En este contexto, un trabajador
que experimenta una posible exposición al HIV generalmente
se dirige al paciente para recabar información sobre su
condición respecto al HIV.
A menos que el trabajador sea descuidado, la responsabilidad en
última instancia corresponde generalmente a la institución.
Siempre y en todo lugar la institución será responsable
de instruir, fomentar, motivar y permitir a su personal la práctica
de las precauciones necesarias para prevenir la exposición
y la infección.
Algunos sostienen que la protección del staff no es en
ningún caso una razón apropiada para efectuar estudios
a fin de verificar si el paciente está infectado, mientras
que otros sostienen que sí es apropiado, y sin que sea
necesario obtener el consentimiento del paciente. La práctica
de preguntar en primer lugar al paciente es fomentada por las
políticas que le otorgan al trabajador la opción
de comenzar el tratamiento con AZT con la condición de
que si decide no hacerlo, no podrá reclamar por daños
causados por el ámbito laboral si en el futuro adquiere
la condición de seropositivo.
Conclusión
La
razón principal de la confidencialidad médica es
ganarse la confianza del paciente, cuya información es
esencial para asegurar un diagnóstico sensato y un tratamiento
eficiente. Y aunque la justificación por estas causas puede
resultar mucho menos que absoluta, existen quienes sostienen que
la obligación del médico es absoluta, por lo tanto
ausente de toda discrecionalidad.
Otras posturas más flexibles se originan de la noción
moderna que sostiene que siendo la vida y la salud bienes protegidos
por el Estado y siendo que la medicina va en camino a convertirse
en un servicio verdaderamente público, el interés
público debería prevalecer por sobre los intereses
privados. Por lo tanto, en algunos casos se justifica el incumplimiento
tanto del tradicional juramento médico y de la parte del
Juramento Hipocrático que dice: "Lo que vea o escuche
en el curso de un tratamiento con relación a la vida de
los hombres, y que bajo ningún aspecto deba dar a conocer
afuera, permanecerá dentro de mí".
BIBLIOGRAFÍA
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HIV-Related Healthcare.Cambridge Quarterly of Healthcare Ethics
(1995), 4, 64-70. Printed in the USA. Copyright 1995 Cambridge
University Press.
Helio Pereira Dias."Bioethics: Implications for Medical
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. Bulletin of PAHO 24 (4), 1990, p 491-503.
Weiss BD.Confidentiality Expectations of patients, physicians,
and medical students, Jama 1982 247,2695-2697
Aurelio Castillo Garcia. El Secreto Medico. Cuadernos de Bioética
1996/2
202-208.
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