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El renacimiento de la bioética en el siglo XXI

Dr. José Alberto Mainetti *

Es oportuna una reflexión sobre la bioética en el cambio de siglo y umbral del nuevo milenio, cuando la disciplina cumple 30 años (recientemente ha fallecido Van Rensselaer Potter, quien le dio el nombre y su más ambiciosa inspiración), existen en ésta ciertos signos de agotamiento y otros de renovación, y al parecer el mundo desde el ataque terrorista contra los Estados Unidos entra en otra crisis bio-ética por antonomasia, anti-vida y anti-ética, la cuarta guerra global, que se presenta emblemática de una confrontación axiológica entre civilizaciones o culturas, y cuyas probables armas biológicas (bioterrorismo) son un oxímoron, el colmo del contrasentido para la humanidad. Voy a contar una anécdota personal que me ha incitado a componer este cuadro de situación de la bioética hoy.

A mediados de agosto pasado tuve la fortuna de participar en una conferencia del Editorial Board del Cambridge Dictionary of Bioethics, celebrada en el Union College de Schenectady, New York. El proyecto de este diccionario habla por sí mismo de otro momento "fundacional" de la bioética, como lo fuera la aparición de la Enciclopedia en 1978. Los directores del Comité Editorial, Laurence Mc Cullough y Robert Baker, reconocidos bioeticistas, habían convocado el año pasado a otra conferencia editorial en el Baylor College de Houston, de la que también participé, aquella vez para el proyecto de una monumental History of Medical Ethics, que asimismo señala nuevos caminos de la bioética, particularmente la aproximación a las ciencia sociales y las humanidades, disciplinas comprensivas de la vida moral y sustantivas para la ética descriptiva.

El reencuentro con viejos amigos, bioeticistas de la primera hora (como Callahan y Veatch, Sass y Spicker entre otros), fue un grato revival y además muy estimulante el intercambio con jóvenes bioeticistas. Pero mientras los primeros mayoritariamente consideraban que la bioética ya está consumada en USA y no hace otra cosa que repetirse con los temas y argumentos de siempre, los segundos abordaban con renovado entusiasmo -el mismo que veinte años atrás me había sorprendido en mis colegas de entonces- otras perspectivas y materias de la agenda bioética. Esta diferencia generacional se expresó en la apreciación del debate sobre las células estaminales y la decisión al respecto del Presidente Bush, que proyectaba la bioética al centro de la escena nacional durante esos días. Para unos se trataría del retorno a la confrontación de la sociedad norteamericana en torno al aborto; para otros, en cambio, se anunciarían en el discurso biopolítico los signos de nuevos tiempos.

Esta disparidad de impresiones sobre la suerte de la bioética, reforzada por la literatura reciente -¿Se trata del fin o del renacimiento, de la muerte o resurrección?- me ha llevado a pintar el siguiente cuadro de situación, a partir de la referencia a una dualidad de concepción de la disciplina desde su mismo origen. Como es sabido, la bioética tuvo un nacimiento bilocal, en Wisconsin University con el libro de Potter Bioethics. Bridge to the Future (1971), y en Georgetown University con el Kennedy Institute of Ethics (1972). Ambas cunas determinaron las respectivas concepciones y destinos de la disciplina. Dicho en los términos de una autorizada opinión:

"At the Kennedy Institute ethics was pursued primarily as a branch of philosophy and an extension of the ancient field of medical and professional ethics. Its major orientation was to medical practice. At Wisconsin, bioethics was conceived as a more broadly scientific and interdisciplinary pursuit. It had broader biological roots extending from ecology and populations to molecular biology. Following this model, bioethics has become a quasi-utopian promise of a new biologically based ethics"
(Edmund. D. Pellegrino, "Bioethics at Century's Turn. Can Normative Ethics Be Retrieved?" Journal of Medicine and Philosophy, 2000, 25, 6:655-675).

A mis ojos se ofrece hoy el panorama de una doble bioética, la médica o clínica y la global o política, articuladas y contrastantes como el rostro de Jano.

La bioética médica, que ha sido la dominante durante las tres pasadas décadas, muestra señales de agotamiento por el hecho de haberse consumado como paradigma de la medicina y la atención de la salud, el paradigma bioético (biocultural) respecto del paradigma biológico tradicional. Bioética vendría a ser así la expresión normativa de transformaciones de la actual medicina que configuran su nueva filosofía. De uno a otro debate, el inicial sobre el aborto en los 70 y el terminal sobre la eutanasia en los 90, entre el a y el w en el dominio de la vida, se habría extendido todo el espectro posible de la bioética médica.

El paradigma bioético significa una nueva manera de entender la medicina, a partir de una tecnociencia biomédica pigmaliónica que hace del cuerpo humano un objeto cada vez más plástico, al cual no se contenta sólo con restaurar sino que aspira a transformar o perfeccionar; a partir de un individualismo narcista que legitima como decisiones autónomas tratamientos médicos o intervenciones que satisfacen deseos personales relativos a nuestra biología (como por el momento la reproducción, la apariencia física, la sexualidad), a partir de una medicalización knockista de la vida que convierte a la salud en un bien de consumo similar a otros bienes humanos como el bienestar o la felicidad. Pigmalión o la medicina del deseo, Narciso o la utopía de la salud, Knock o la medicalización de la vida conforman la narrativa posmoderna de la medicina y la atención de la salud que origina el paradigma bioético, cuya clave es el carácter normativo y la inversión del sentido (tradicional) de los conceptos de salud y enfermedad. (1)

La bioética global, que permaneció adormecida hasta su revalidación incluso por el mismo Potter a fines de la última década, ha tomado la posta de la bioética clínica en el cambio de siglo y milenio, a favor del escenario catastrófico de la ecología, el avance vertiginoso de la revolución biotecnológica y la crisis del orden mundial globalizado. Globales son los temas que abren la agenda bioética de este siglo, como la decodificación del genoma humano, la investigación con células estaminales, la clonación, los xenotrasplantes, la epidemia HIV/SIDA y ahora la no descartable reversión apocalíptica de los asuntos humanos. La necesidad de contenciones normativas se extiende hoy más allá de las fronteras nacionales -por ejemplo, un consenso "geoético" sobre los límites de la biotecnología-, pero los obstáculos a los acuerdos éticos globales son formidables, dadas las diferencias éticas, religiosas y culturales del mundo.

La bioética es entonces paradigma de una ética universal en la era de la ciencia y la tecnología, por cuanto la revolución biológica no es sólo científica y técnica sino quizá también revolución cultural, o biocultural, una de esas transformaciones aceleradas, radicales y permanentes en el proceso de civilización relativas a la "naturaleza" humana y al "sentido" de la técnica: se trataría de la revolución antropoplástica, biogenética y cibernética, la revolución de Pigmalión, el nuevo Prometeo capaz de recrear la vida y regenerar los cuerpos. (2). En cualquier caso, la revolución biológica parece excepcional en la historia de las revoluciones científicas modernas porque implica a la vez un cambio en la concepción del mundo (como las revoluciones copernicana y darwiniana), y un cambio en las formas de vida (como las revoluciones de Faraday y Maxwell con la electricidad). Ambos aspectos, tanto nuestras creencias fundamentales como nuestras estructuras sociales son igualmente afectadas por la revolución biológica. (3)

Punto de referencia para una bioética global o una ética universal es asi la percepción social de la ciencia en la posmodernidad. Del proyecto ilustrado y la legitimidad científica como "racionalización o desencantamiento del mundo" (Max Weber) hemos venido a dar al escenario posmoderno y la "crisis de legitimación de la ciencia", cuando (¿paradójicamente?) ciencia y tecnología constituyen el "sistema de soporte vital" (James Burke) en la sociedad globalizada. A nuestra percepción social de la ciencia contribuyen dos aspectos relacionados de su actual desarrollo: a) velocidad vertiginosa de los descubrimientos o avances, y b) proximidad ciencia-tecnología o achicamiento de la interfase entre el conocimiento y sus aplicaciones. El primer aspecto ocasiona un vacío de regulación legal y de calificación ética compartida, y el segundo aspecto genera desconfianza por los intereses que juegan en la vinculación investigación-industria.

Si bien la presencia de actitudes ambivalentes ante el progreso no es de hoy -y ejemplos de rebelión social contra las innovaciones científicas y tecnológicas existen desde los "luditas" en el siglo XIX hasta las posturas críticas a las aplicaciones de la biotecnología- la novedad consistiría ahora en la ruptura del "contrato implícito" entre la comunidad científica y la sociedad, basado en la unidad del conocimiento y el bienestar, la armonía entre las dos funciones de la ciencia, la cognitiva o de representación del mundo, y la utilitaria o de transformación de la realidad (la medicina moderna fue el paradigma de ese vínculo indisoluble entre teoría científica y progreso material). Como consecuencia de tal ruptura la sociedad debe controlar a la comunidad científica y ésta asumir el desafío de resignificar la racionalidad de la ciencia y ponderar los riesgos y beneficios de su desarrollo. La bioética como movimiento social y como disciplina académica es paradigmática de este doble cometido, por cuanto coloniza las nuevas fronteras de la cienca que redefinen nuestra imagen del mundo al par que promueve la calidad de vida en una "sociedad de riesgo" (Beck) y "tolerancia cero", sensible a las implicancias negativas del progreso tecnocientífico.(4)

Para concluir, un comentario desde este contexto sobre la reciente clonación humana terapéutica, realizada en el laboratorio estadounidense Advance Cell Technology de Worcester, Massachusetts. El experimento parece franquear simultaneamente dos grandes barreras, una científica y otra moral. La primera porque se demuestra la factibilidad de la clonación humana reproductiva según la técnica de transferencia nuclear somática empleada con la oveja Dolly. La segunda porque se asume explícitamente, por primera vez desde la introducción de la fertilizazión in vitro (FIV), que el estatuto del embrión humano ex útero -el envitron, realidad artefactual o artificio de técnica que nunca antes había existido- no es el de una persona.

Por un lado la clonación humana constituye un nuevo desafío a la imagen del hombre, a la autocomprensión de nosotros mismos, pues transgrede tabúes relativos a la sexualidad, la mortalidad y la identidad, simbolizando el colmo del "complejo bioético" -pigmaliónico, narcisista y knockista. Por otro lado, la clonación terapéutica (o reemplazo celular por transferencia nuclear) es una nueva tecnología biomédica que tiene la potencialidad de devenir una medicina regenerativa autóloga para obviar el crítico problema del rechazo en la ingeniería de tejidos y trasplantes, con promisorias aplicaciones en la terapia de enfermedades como cáncer, diabetes, Alzheimer, Parkinson y otras.

Pero producir embriones -incluso de uno que no lo sería en el sentido habitual porque no es el resultado de una fertilización ni el procedimiento implicaría su destrucción sino su transformación en una línea de células estaminales embrionarias- representa una opción axiológica por la calidad versus la sacralidad de la vida, priorizando la utilidad sobre la dignidad de la condición humana in statu nascendi. Finalmente se ha cruzado una línea y con ello desatado la doble cruzada entre la fe y la razón. El tiempo dirá, la sociedad en general y la comunidad científica en particular dirán, si clonar o no clonar es una cuestión existencial de la bioética. (5)

* Director del Instituto de Bioética y Humanidades Médicas de la Fundación Mainetti.


Bibliografía


1. Mainetti, José Alberto. Compendio bioético, La Plata, Quirón, 2000, cap. "El complejo bioético: Pigmalión, Narciso y Knock", p. 155-168.
2. Mainetti, José Alberto, Introducción a la bioética, La Plata, Quirón 1987, cap. "La revolución de Pigmalión", p. 24-29.
3. Cohen, J.R., "In God's Garden. Creation and Cloning in Jewish Thought", The Hastings Center Report, July-August 1999, 29, 4:7-12.
4. Pardo, Rafael, "Las relaciones ciencia-sociedad en las sociedades de modernidad tardía", Eidon, 2001, 7, p. 6-9. Fundación de Ciencias de la Salud, Madrid.
5. Lanza, R.P., Caplan, A.L. Silver, L.M., Cibelli J.B., West, M.D., Green, R., "The Ethical Validity of Using Nuclear Transfer in Human Transplantation" JAMA, Dec. 27, 2000, 284, 24, On-line.



Nota de mayo de 2002



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